En arquitectura se entiende y utiliza, generalmente, la idea de identidad de una obra o de lugar como un conjunto de características morfológicas que definen el carácter de una obra o paisaje, esto, si bien no es completamente erróneo, si es a lo menos incompleto.
La identidad del lugar es una de las expresiones integrantes del fenómeno de la conformación y reconocimiento de identidad en un sentido general. Ésta última es el resultado de las interacciones de tres dimensiones: la intrasomática, la intersomática y la extrasomática. O sea, del resultado de las reciprocidades de las identidades de los sujetos individuales, de grupos y de objetos o lugares. Esto nos lleva a la suposición que la identidad del lugar, al ser sólo una parte del proceso, se debe estudiar en la compleja interacción de las variables, como un proceso psico-socio-físico, y no sólo en la condición material del territorio. Es en este sentido que, según Rapoport, cuando se considera el territorio como el arreglo en el espacio físico de artefactos y actividades, se está más cerca de la consideración dialéctica de la identidad del lugar. Porque, tal como decíamos al comienzo, hablar de la identidad del lugar es, a la vez, hablar de la identidad de los sujetos y de la de los grupos que habitan dicho territorio. A pesar de esto, no se ha profundizado en métodos que permitan hacer operativa dicha identidad para el proyecto urbano o de arquitectura. En este sentido Muntañola plantea la relación entre la identidad y los procesos de apropiación del espacio, abriendo la puerta a una posible vinculación con otro campo de investigación.
Desde este punto de vista en Psicología Social, Pol, ha establecido un modelo dual de apropiación de los espacios, donde, a través de la acción sobre el entorno, la persona y la colectividad transforman el espacio, dejando su huella. Con esto las acciones dotan al espacio de significado individual y social a través de los procesos de interacción.
Mientras que a través de la identificación simbólica la persona y el grupo se reconocen con el entorno y por procesos de categorización del yo, las personas (y los grupos) se autoatribuyen las cualidades del entorno como definitorias de su identidad. El espacio apropiado pasa a ser un factor de continuidad y estabilidad del self, a la vez que un factor de estabilidad de la identidad y cohesión del grupo. Generando así un vínculo de reciprocidad con el lugar.
Es esta reciprocidad en la que se hará énfasis. Identificarse con algún objeto, alguna persona o algún lugar es a la vez apropiarse de ciertos aspectos de ellos. Pero es también, cuando existe la interacción, imprimir en ellos caracteres propios, que en el caso del territorio, independiente de su escala, permiten la legibilidad de una identidad de lugar, del registro en formas de una manera particular de habitar. Es este uno de los vínculos que permiten la dimensión espacial de una cultura, y por ello la importancia de ser entendido para lograr proyectar identidades, en vez de repetirlas anacrónicamente, proyectar formas del ser propias.
